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El acompañamiento en el noviciado: formar el corazón, discernir, acompañar

¿Qué significa formar el corazón? ¿Cómo llegar hasta él? ¿Cómo se modelan los sentimientos del Hijo en la vida de la persona? ¿Sabemos reconocer lo que sentimos?

Sobre estas preguntas reflexionó la Hna. Simona Brambilla, MC, Prefecta del Dicasterio, durante su intervención del 26 de marzo de 2026 en la Pontificia Facultad de Ciencias de la Educación “Auxilium”, en Roma, en el marco de una mesa redonda dedicada al acompañamiento formativo en el noviciado. Participaron unas cincuenta formadoras de diversos Institutos de vida consagrada, junto con más de doscientas personas conectadas desde distintos Países. El encuentro se vio enriquecido también por la experiencia compartida por varias Maestras de Noviciado.

Partiendo del icono evangélico de los discípulos de Emaús y a la luz del magisterio del Papa Francisco, del Papa León XIV y de los documentos eclesiales sobre la formación en la vida consagrada, la Hna. Simona destacó tres actitudes fundamentales para el ministerio formativo: valorar las diferencias, acompañar con atención y actuar con valentía.

La reflexión se enriqueció asimismo con la experiencia madurada en el diálogo con consagrados y consagradas, superiores y superioras, formadores y formadoras.

En el centro de la reflexión estuvo el noviciado como tiempo de iniciación integral a la vida consagrada, bajo la guía directa de una Maestra, orientado hacia una unión con Cristo cada vez más «viva y palpitante en los sentimientos, en los pensamientos, en los gestos, en las acciones y en las decisiones cotidianas».

Valorar las diferencias

¿Cómo custodiar la singularidad de cada vocación sin caer en la uniformidad?

En su intervención, la Hna. Simona retomó la imagen del «diamante en bruto», propuesta por el Papa Francisco en una de sus reflexiones sobre la formación: una realidad preciosa que requiere un trabajo paciente para hacer aflorar toda su belleza.

Cada persona lleva consigo una historia, una sensibilidad, dones y límites. También las comunidades se ven marcadas por las diferencias de personalidad, cultura y experiencia. Cuando prevalecen la rigidez y la actitud defensiva, todo termina por cerrarse sobre sí mismo; cuando, en cambio, se sabe reconocer el valor del otro, las diferencias se convierten en intercambio, enriquecimiento mutuo y construcción común.

Acompañar con atención

¿Cómo alcanzar las dimensiones más profundas de la persona mediante una formación integral, continua y compartida? ¿Cómo cuidarse mutuamente para que el corazón se deje mover y transformar por el Evangelio?

Se constata una situación frecuente: a consagrados y consagradas se les hace más fácil explicar muchas cuestiones, pero experimentan dificultad a la hora de reconocer sensaciones, sentimientos y mociones interiores. Resulta urgente cultivar la vida interior para aprender a amar y hacerlo al modo de Jesús.

Del proceso sinodal ha surgido con fuerza la necesidad de una formación integral y continua, capaz de abarcar todas las dimensiones de la vida.

Por ello, el acompañamiento personal sigue siendo indispensable para crecer en la libertad interior. Heridas profundas y bloqueos interiores pueden convertirse en barreras que la persona no logra superar por sí sola. Nadie puede acompañar a otro por un camino que no conoce. Quien forma está llamado, a su vez, a recorrer un camino serio y prolongado de acompañamiento.

Actuar con valentía

¿Cómo entrar en el propio corazón y recomponer los fragmentos de la vida? ¿Cómo recoger y orientar las propias energías hacia Dios? ¿Cómo aprender a discernir los movimientos del corazón?

Si la formación es un camino de transformación de toda la persona, es necesario cultivar aquello que conduce a Cristo y tomar distancia de todo lo que aleja de Él.

Se retomaron las palabras dirigidas por el Papa León XIV a los seminaristas: sin el cuidado de la interioridad no es posible ni siquiera un auténtico camino espiritual, porque es precisamente en el corazón donde Dios habla y pide ser escuchado. Forma parte de este trabajo interior el ejercicio de reconocer los movimientos del corazón y los sentimientos que orientan la vida.

Cuando el corazón está lleno de deseos, sueños y ambiciones, puede surgir la confusión. Por ello, la interioridad está llamada a custodiar y meditar, reuniendo en la oración los fragmentos de la vida.

De aquí nace la indicación del discernimiento como camino que conduce de la fragmentación a la unidad interior y orienta las energías hacia Dios. Un camino que ayuda a crecer en coherencia entre el ideal proclamado y la vida cotidiana.

Así, el silencio, la oración, el diálogo sincero y el acompañamiento personal cobran un papel decisivo. Cuando este camino madura, el Evangelio toma forma en la vida.